LA RIQUEZA LIBRE DE LA PROPIEDAD

LA RIQUEZA LIBRE DE LA PROPIEDAD

Podemos hacer un parón saludable en el ajetreo habitual  de cada uno y pensar en un calidoscopio de bienes materiales: unos azulejos blancos con estampaciones rústicas por ejemplo; una cubertería de alpaca que hace juego con una vajilla para las grandes fiestas; una cristalería de diario; varias lámparas colgantes y otras de pie o de mesa; unos muebles de estilo inglés con biblioteca acorde; distintos electrodomésticos que facilitan tantas actividades; ropa variada y objetos decorativos de diferentes diseños. Podíamos pensar también en otros cientos de cosas, cositas y cosejas que podemos utilizar directa o indirectamente un día sí y otro también. Todo ello lo podemos encontrar disperso en varias tiendas o quizás en departamentos varios de una gran superficie. Pero ese conjunto aparentemente deslavazado no tiene mucho sentido mientras está en los estantes comerciales. Ese calidoscopio material sólo cobra valor y sentido auténtico cuando queda vivificado por la presencia unificadora de su propietario que dispone de todo aquello a su mejor entender.

La propiedad tiene un papel decisivo en el valor de cualquier cosa siendo su causa principal en cuanto que es requisito básico para conjugar los distintos bienes entre sí (complementariedad horizontal), y en orden a los fines diversos y libres de quienes deciden sobre su disposición (complementariedad vertical). Es la libertad la que posibilita la propiedad, dado que tan sólo puedo poseer lo que tengo si realmente soy capaz y sé disponer libremente de ello. La universal tarea económica consiste en aplicar la inteligencia y la acción humana sobre los recursos y los medios a nuestra disposición, escasos o abundantes, para orientarlos y ordenarlos hacia el cumplimiento cabal de nuestros fines inmediatos, mediatos y últimos. Aplicar la acción humana no es otra cosa que trabajar sobre lo nuestro, sobre lo que está a nuestra libre disposición. Y aplicar tal acción en orden a conseguir alcanzar los mejores fines es lo mismo que trabajar bien, en la dirección adecuada. Dirigir la acción humana hacia metas equivocadas no es trabajo sino que más bien será «destrabajo»; no es hacer sino más bien «deshacer». Y todo ello aunque derrochemos un gran esfuerzo físico o intelectual. Cuando el llamado trabajo aumenta en cantidad pero disminuye en calidad no se trabaja sino que se deshace la labor y se despilfarra la acción. En nuestras sociedades se remunera muchas veces el esfuerzo de «deshacer» y en cambio hay muchos que tienen que pagar por trabajar. (Todos los  estudiantes por ejemplo).

La realidad material, natural y artificial, conti­nuamente está pidiendo ser fecundada por el trabajo humano, y éste, a su vez, necesariamente reclama la realidad material para ejercer su influjo. En último término a esas dos realidades pueden reducirse los orígenes de la riqueza. No podemos hablar del valor de la riqueza material si no conocemos con qué trabajo se ha de combinar. Nada sabemos  del valor del trabajo si no conocemos con qué riqueza materioformal puede mezclarse. La compenetración en la unidad, la unidad intensi­va, por  llamarla de alguna forma, es variable fundamental en la valoración y acrecentamiento de la riqueza. No podía ser de otra forma porque la finalidad que funda la unidad de la actividad económica es el ser humano y éste es un compuesto perfectamente compenetrado de materia y espíritu. La realidad materioformal le es necesaria, el trabajo manifiesta su componente espiritual. La acción humana entonces es fruto de la elección y la decisión personal, y conlleva la libertad como característica intrínseca. Si la libertad consiste en ser idóneos y estar abiertos a posibilidades que convertimos en proyectos, el futuro de la acción humana libre aparece como un abanico variopinto de decisiones innovadoras. El trabajo libre, que proyecta subjetivamente los fines sobre los medios para humanizarlos, potencia la fuerza imaginativa de la inteligencia materializando su capacidad creativa. La libertad está indefectiblemente unida a la acción humana y ser libre, a su vez, no es otra cosa que ponerse a hacer, con aquello que está a nuestra disposición, lo que reflexivamente se prefiere en orden a nuestros fines últimos y nuestros meta objetivos.

La raíz más profunda de esa patente eficacia de la acción humana se encuentra en la relación mutuamente expansiva entre libertad y propiedad. No se puede además estimar el valor de algo si no estimamos a la vez su rela­ción con otras cosas  con las que conjugar la primera. Para valorar algo necesitamos incorporarlo a un conjunto de bienes con las que lo podamos armonizar. A ese conjunto de bienes materiales lo llamamos patrimonio. Su idoneidad, es decir, la capacidad de generar riqueza futura, tiene un fuerte componente de unidad y de compenetración. Cada subconjunto del conjunto de una riqueza tiene mayor o menor valor en la medida que esté más o menos complementado y compenetrado  con el conjunto restante. La unidad de esa riqueza se la da siempre el propietario, que es quien dispone y decide sobre ella, sobre su finalidad. La riqueza es una en cuanto pertenece a una sola unidad de decisión y vale más o menos en la medida que esa unidad de decisión (propietaria, con libre disposición sobre ella) sea capaz de compenetrarla y complementarla más o menos en orden a sus fines. Al fecundar unas y otras con nuestro  trabajo,  o  con el trabajo que se encuentra a nuestro servicio, vamos consiguiendo, no sin esfuerzo, nuestros objetivos. Los bienes naturales y artificiales sin trabajo libre bien hecho que los anime no valen nada. Si toda la riqueza material de un país permaneciese en un momento intacta, pero desapareciese toda su población o quedase simplemente una persona como libre propietaria de todo, automáticamente el valor de aquella riqueza disminuiría hasta valores próximos a cero desde valores anteriores cercanos al infinito. Igualmente, si los millones de personas del mismo país permaneciesen, pero su trabajo potencial no se pudiese aplicar a ninguna realidad material el valor del trabajo a su vez sería prácticamente cero.

Quizás por ello Leonardo Polo  afirme que el hombre es un ser que, a diferencia de los demás, guarda una relación de tenencia con sus propias características, y también con el resto del mundo: con todo (ser  animal  racional es ser capaz de poseerlo todo en la forma de conocerlo). Lo rigurosamente caracte­rístico del hombre es el tener.  La capacidad de tener es justamente lo diferencial del hombre. Son tres los niveles de pertenencia humana: 1, el hombre es capaz de tener según su hacer y según su cuerpo: éste es un primer nivel; 2, el hombre es capaz de tener según su espíritu, y eso es justamente lo racional en el hombre; 3, por último, el hombre es capaz de tener (de modo intrínseco) en su misma naturaleza una perfección adquirida…. La capacidad de tener es justamente lo diferencial del hombre[1]. Poniendo un ejemplo familiar a los economistas explica que Robinson Crusoe, tras naufragar y llegar a «su» isla, se la apropió, la habitó. Desde el primer momento que la habita y se la apropia, surgen relaciones de competencia inherentes a todas y cada una de las cosas existentes en la isla. Mediante la tenencia se produce una correlación entre todas las cosas sobre las que se ejerce. Unas cosas remiten a otras y éstas a otras, estableciéndose una estructura de remitencias cuya unidad y sentido se la da el propietario. La libertad de dispo­sición o la propiedad son requisitos necesarios para que exista valor, para que exista riqueza. Si nuestro Robinson llegase tras naufragar a la misma isla, y ésta estuviese poblada por una tribu que dominara todas aquellas tierras, y no permitiese su disposición a Robinson, nada valdrían para él. Todos los bienes materiales, con sus interconexiones, se convierten en instrumentos al servicio del hombre, en material multicolor mediático respecto a los fines. Se produce una relación de subordinación generalizada de los distintos objetos a los fines de quien se presenta como propietario intencionado[2] Ello implica que los valores individuales no son independientes, sino que se condicionan mutuamente. Los valores de los bienes individuales forman cada uno un sistema de valor cuyas partes separadas se influyen mutuamente.

La persona humana y la familia, unidad básica de decisión económica, es el centro referencial del valor de las cosas. La persona incorpora a sí misma las realidades mate­riales y de esta manera el hombre confiere unidad a los distintos bienes bajo su dominio. Por ello la propiedad es la expresión de ese dominio. Por ser el hombre inteligente y libre tiene capa­cidad para conocer y apropiarse de los distintos objetos en cuanto tales. Es un ser abierto al mundo, en cuanto que, al menos intencionalmente, puede acceder a la totalidad de los objetos que componen el mundo. Los derechos de propiedad delimitan el campo sobre el que,  no solo intencionalmente, sino de hecho, podemos aplicar nuestras facultades para desarrollar nuestros proyectos y alcanzar nuestros objetivos. El ser propietario supone que el hombre se des ajena, es  decir que el mundo y el hombre pueden formar una unidad. Por ello, cada vez más, se tiende a la enajenación de la máquina a fin de liberar al hombre. Es, por tanto la propiedad, uno de los elementos básicos de la libertad. De esta manera se puede contestar a las doctrinas marxistas de la enajenación entre otras.

Para que todos estos efectos beneficiosos se hagan realidad en nuestras economías agostadas y acogotadas por el intervencionismo estatal y colectivo, es preciso ampliar el campo de ejercicio de esa libertad y responsabilidad para potenciar la acción humana que transforma la materia sobre la que actúa. Ampliar el campo de la libertad es ampliar el campo de la propiedad privada de los bienes. Ser libre es poder serlo. Libertad, responsabilidad y propiedad están entrelazadas de forma radical: es la libertad la que posibilita el uso conveniente de la propiedad, y ésta la que enmarca el ámbito del derecho de libre disposición. Libertad y propiedad están imbricadas de tal forma que tan sólo puedo poseer lo que tengo si realmente puedo disponer flexiblemente de ello. Ser libre es saber lo que  se quiere y hacer lo que quiero… con lo mío.

[1] Polo, Leonardo, “La interpretación socialista del trabajo”, en Cuadernos Empresa y Humanismo, Universidad de Navarra, 1987, pp. 203-204.
[2] Polo, Leonardo, op. Cit., p. 208.
A %d blogueros les gusta esto: