1.6 Actualidad de lo clásico

1.6 Actualidad de lo clásico

          Si acabamos de reflexionar sobre el futuro también conviene ahora abrir las puertas intelectuales al pasado recreándolo. Los economistas, como todos, estamos encarcelados en el tiempo presente cumpliendo nuestra cadena perpetua particular sin esperanza de indulto antes de la muerte. Estamos siempre, y todos han estado, prisioneros de esa dinámica temporal inquietante pero que muchas veces rebosa también esperanzas pacíficas y chispazos de luz renovadora. Es peligroso atiborrarse del presente porque esa obsesión por la temporalidad inmediata no nos deja ver el modo de vivir y de pensar de quienes nos precedieron. Para ellos, lo importante y decisivo no era muy distinto de lo que es esencial también para nosotros. El rabioso presente puede sofocar las reflexiones de otras personas iguales a nosotros pero en circunstancias distintas y de las que tanto podríamos aprender. Como explica Emilio Lledó en La memoria del Logos: Emparedados en el presente, urgidos y condicionados por el mundo que nos rodea, sólo podemos respirar por la historia, por la memoria colectiva. Y es a través de esa memoria como podemos escuchar la voz de los textos y descubrir que sus mensajes no son pura letra; porque nunca nadie escribió por escribir.[1]

          Quería comentar esto en voz alta porque tengo la impresión de que se está extendiendo una cierta animadversión en nuestra disciplina económica, especialmente significativa en los jóvenes docentes e investigadores, a leer con sosiego historia del pensamiento económico. Esta actitud de desprecio de lo anterior nos puede llevar a un galopante deterioro del cuerpo doctrinal que podríamos aplicar para la solución de los problemas económicos. Leemos muchas veces (si los leemos) aportaciones de autores relevantes de otras épocas con una sonrisilla de fondo por creer que resultan anacrónicas para nuestros días e inútiles para la consecución de nuestros intereses y ambiciones de la era digital. Envueltos en la tela de araña de las urgencias del presente cotidiano somos incapaces de descubrir y ampliar las resonancias humanas del pasado, las significaciones quizás olvidadas o los dominios paradisíacos todavía inexplorados. Habituados a trabajar, tanto siendo alumnos como profesores, con un «corpus» doctrinal bastante dogmático y crecientemente formal, funcional y abstracto, raramente se considera necesario consultar ni siquiera a un economista de hace dos siglos o a otro de este mismo siglo contemporáneo de quien la corriente de pensamiento «oficial», «ortodoxa» y «triunfante» ha idolatrado hasta cotas insospechadas. Se supone que todo lo que es valioso y útil en trabajos anteriores está siempre presente, con explicaciones formales más puras y elegantes, en la teoría moderna. El error parece no existir para algunos ni en economía ni en matemáticas ni en física o química porque el progreso determinista y temporal creen que es siempre a mejor, incluso en las conductas humanas económicas y políticas o en los descubrimientos científicos. Con estos planteamientos, según los cuales lo último y crecientemente aceptado es lo idóneo, la dinámica social científica aceptará ideas renovadoras sólo cuando se muestren concordantes con el estatus corriente de la ciencia. Exposiciones y puntos de vista de autores de otras épocas que pueden ser muy válidos y enriquecedores se encuentran con oídos sordos por parte de la nomenclatura científica instalada.

          Muchos economistas importantes e historiadores de la economía, entre los que podríamos destacar a Schumpeter o a Rothbard, pensaban que una comprensión adecuada de la evolución de la ciencia ayuda a entender su situación actual tanto teórica como práctica o política, facilitando la tarea de separar la cizaña equivocada del trigo vertebrador. La historia del pensamiento económico no se estudia únicamente para dominar explícitamente la economía actual sino que se debe estudiar en la medida que ayuda notablemente a comprender el camino por el que se ha llegado a la situación presente del cosmos intelectual establecido. Leer a los maestros clásicos hace que seamos capaces de ampliar nuestra sensibilidad y de ponernos en la frontera del progreso auténtico con el reconocimiento de nuestras limitaciones y de nuestras obcecaciones maniáticas. No pasa nada incluso si releemos al mismo autor. Considero  al igual que Stigler, que si un gran libro como «La riqueza de las naciones» de Smith se lee repetidamente, hasta cinco o seis veces, se continúa aprendiendo cosas nuevas. Es dudoso que alguien aprenda por completo todas las cosas que Smith quiso expresar, y hay incluso más para aprender de una mente interesante que lo que su poseedor quiso enseñarnos.

         Para leer a un economista comprendiéndole es necesario, decía Stigler, cierto grado de separación a la vez que un cierto grado de simpatía. Uno puede considerar el trabajo del hombre con un microscopio analítico, examinando cada frase y cada palabra con cuidado escrupuloso, y sin embargo no entender nunca lo que está intentando decir. Hay que evitar, en la medida de lo posible, tanto la hipercrítica como la adulación. Ambas sirven pobremente como guías en la interpretación. El propósito de tratar de entender el sistema teórico del hombre no es ser generoso o malicioso respecto de él, sino maximizar la probabilidad de que su trabajo contribuya al progreso científico. Sólo si el sistema está bien definido y purificado de digresiones irrelevantes, y errores que no son esenciales, podemos determinar si se trata de una adición valiosa al cuerpo de la ciencia o, al menos, de una línea de investigación que pueda investigarse más adelante. La acción de leer bien un fragmento de un escrito científico será, por tanto, una contribución al progreso de la ciencia: la lectura del profesional ha mejorado la exposición original de la teoría.

           Por eso resulta altamente significativo y aleccionador dar un  breve repaso a las ideas fundamentales de la llamada Economía Política Clásica. Encontramos allí recetas y consejos cuya aplicación actual en innumerables países, tras el fracaso  histórico del socialismo real, y dando el keynesianismo las últimas bocanadas, resultaría esclarecedor y reconfortante debido el paralelismo institucional   en el que se gestaron aquellas ideas. La Economía Clásica  adquiere su grandeza al poner  de relieve en el pensamiento económi­co la fuerza connatural  que llevan implícitas las instituciones  de mercado por su complementariedad e interdependencia.  Frente a sus errores secundarios de menor relevancia creo que su acierto fundamental está en la insistencia científica y generalizada  de estos economistas en resaltar los efectos beneficiosos de la libertad, propiedad, intercambio, competencia,   especiali­zación y apertura de miras en mercados cada vez más abiertos. Quizás sin ser demasiado conscientes de los cami­nos que recorrían esas fuerzas quedaron deslumbrados por su poder y se empeñaron diligentemente en su defensa e implan­tación. Estas fuerzas están tan arraigadas en la naturaleza de las cosas y en la naturaleza humana que, si se las deja actuar, subsanan muchos errores que se pudieran cometer. Su capacidad innata de unificar y compenetrar en orden a los fines humanos la Tierra, el Trabajo y los instrumentos de Capital capitalizados con el ahorro anterior, hace que su implanta­ción en una  sociedad produzca efectos ventajosos sobre la riqueza de sus miembros.

En aquellas sociedades en que estos principios se han implantado en una determinada etapa de su historia los resultados no se han hecho esperar en términos de aumento de bienestar y prosperidad. Los clásicos consideraban su sistema, basado en estos principios, como algo muy superior en sus implicaciones para la felicidad humana que el sistema  de restricción, regulación y control mercantilista que prevalecía en aquellos tiempos. En el marco histórico concreto en que se movieron sus doctrinas tenían un marcado carácter reformista. Prote­ger y potenciar estos principios era su meta fundamental. Según su sistema de libertad económica no se trataba simple­mente de recomendar sencillamente la no interferencia, se trataba de mucho más. Su tarea consistía en eliminar todo aquello que significara obstáculo e impedimento antisocial para liberar de este modo todo el inmenso potencial de libre iniciativa individual pionera. Sus propuestas prácticas  se dirigieron, en este sentido, tanto contra los privilegios de compañías y corpo­raciones reguladas, como contra las restricciones a la movi­lidad, las  restricciones a la importación o los privilegios estatales marcadamente antieconómicos.

Los economistas clásicos fueron la vanguardia de este movimiento general para liberar la originalidad encerrada en la naturaleza humana a través de la cooperación espontánea y solidaria del mercado. La defensa de sus prin­cipios la llevaron no sólo frente al intervencionismo estatal equivocado sino frente a quienes los conculcaron, sea cual fuere su función y pertenecieran al estamento que pertenecieran. En concreto,  no fue su teoría una forma de defender los privilegios de  los empresarios.  A. Smith habla de la generalidad de sus convicciones   frente a cualquiera. A los empresarios les criticará  especialmente sus intentos de reducir la competencia en  beneficio propio buscando privi­legios que les permitan recaudar  en su favor una especie de impuesto adicional sobre el resto de los ciudadanos. La vulgarización del principio de no intervencio­nismo estatal no es correcto aplicarlo a la Economía Política Clásica. El gobierno debía actuar y debía interve­nir, pero creando las condiciones para el desarrollo social de las instituciones básicas  del mercado. La civilización libe­ral occidental no se hubiese  desarrollado sin esta visión de los economistas clásicos con respecto al papel del Estado en el terreno económico. Los Clásicos le pedían que no se mezclara en lo que, libre y pacíficamente, podían realizar los ciudadanos; pero también le impulsaban a que abriera una senda segura y abierta por la que transitar. No quiera el Estado decirme cuál es mi auténtico interés, mis auténticas finalidades -nadie mejor que yo las conozco- pero sí le exijo que cree las condiciones adecuadas para manifestar y conseguir voluntariamente esas finalidades.

En un sistema en el que primara la libertad, la propiedad, el intercambio y la especialización, todas ellas interconexionadas, surgen interrelaciones mutuamente ventajosas para los individuos y superiores a sistemas alternativos.  Hay que crear las condiciones para su desarrollo y eliminar las malas tendencias del propio interés egoísta mediante restricciones institucionales adecuadas. La creación y fomento de esas condiciones es tarea asignada al gobierno del Estado y es mucho más importante que la actua­ción en el campo meramente mercantil y en la producción, por muy eficiente que sea, a través de esas empresas públicas que acaban siempre burocratizadas. Las funciones asignadas por Smith al soberano, no sólo son más amplias de lo que habitualmente se piensa, sino que, fundamentalmente, son mucho más importantes y decisivas para la causación del valor económico puesto que se orien­tan a la creación de una infraestructura necesaria para el desarrollo de las fuerzas más directamente relacionadas con él.

El interés por estas relaciones entre lo jurídico y lo económico se acrecienta desde mi perspectiva profesional de economista porque nunca he comprendido  la falta de interés y cierto pasotismo de algunos de mis colegas por las cuestiones e instituciones jurídicas. Mientras anteriormente estos asuntos eran considerados primordiales por los economistas, ese desinterés empezó a ser especialmente notorio a partir del último tercio del siglo XIX, y continúa. Especialmente desde la revolución marginalista Walrasiana del equilibrio general la teoría se fija exclusivamente en el análisis «neutral» del comportamiento de los agentes económicos y de los mercados sin consideraciones de las instituciones jurídicas y éticas vigentes en cada sociedad. Desde este punto de vista el Derecho y la Economía, como ciencias y como plasmación práctica de distintas concepciones teóricas, transitan por caminos y vericuetos que nunca se encuentran. Las pocas coincidencias se limitaban a las áreas más jurídicas de las ciencias económicas y  empresariales, o a las más económicas para las ciencia del Derecho Público y Privado.

          Esa falta de comunicación choca contra el más elemental sentido común ya que si el Derecho y la Ley tienen a la Justicia (el dar a cada uno lo suyo) como su norte, y la actividad económica tiene continuamente que valorar situaciones o bienes y servicios hacia la consecución del Valor ideal, ambas disciplinas, al ser única la realidad humana que estudian, tienen muchos espacios de coincidencia y dependencia mutua. Las formas de organización, el sistema político y el marco legal de una sociedad condicionan la forma y la eficacia en que los ciudadanos acometen y resuelven sus apremios económicos. Es fácil advertir que el sistema jurídico crea incentivos o desincentivos en un amplio abanico de direcciones induciendo o moderando a las gentes a comportarse de distintas maneras en su quehacer económico. Es muy importante para la vitalidad económica de un país el diseño de un sistema jurídico moderno, basado en la libertad responsable como piedra angular, que responda mejor a los deseos y objetivos de los ciudadanos.

         Salvando las distancias, el marco legislativo y el sistema legal ejercen sobre la sociedad una función parecida a la del «hablador» de Vargas Llosa[2] en el pueblo machiguenga. El hablador era en vínculo de unidad de aquellas gentes dispersas por la selva amazónica peruana. A pesar de las grandes distancias geográficas y sentimentales que los separaban, gracias al charlatán impenitente, esperado y admirado, formaban una comunidad y compartían una tradición, unas creencias, unas costumbres más o menos ancestrales y una forma de enfocar las diferentes actividades cotidianas. Transmitían una especie de savia circulante que hacía de los machiguengas una sociedad, un pueblo de seres libres pero a la vez comunicados. Si faltase el «hablador» aquel pueblo posiblemente se desmembraría en mil añicos independientes pero solitarios.

           Las leyes ejercen un efecto beneficioso parecido al comentado. Pero sólo las buenas leyes, los buenos principios. Hago esta última matización porque el peligro en nuestro sistema legal socialistoide actual, que dura más de cincuenta años, es precisamente el contrario. Queriendo controlar y regular todo o casi todo se consigue la rebelión pacífica pero efectiva de la ciudadanía y el desorden que se pretendía evitar. Si resumimos la esencia de la libertad de emprender en la posibilidad de que los agentes económicos puedan adoptar sus decisiones por sí mismos, no cabe duda que esta definición tan simple contrasta con un mundo jurídico real que nos atosiga con un sin fin de regulaciones de todo tipo. Como indicaba Pedro Torres, vocal entonces  del Tribunal de Defensa de la Competencia, es difícil realizar cualquier actividad sin encontrarse sitiado por regulaciones impuestas por la autoridad pública buscando objetivos de los más variados, desde la salud al medio ambiente, desde el precio a la calidad, desde la normalización europea para lograr el mercado único hasta la represión de la pornografía en los medios, desde la imposición de utilizar una o más lenguas determinadas en las etiquetas de los productos, hasta la composición química de las tintas en que estén impresos.

        Hay que tener muchísimo cuidado con los delirios mastodónticos legislativos, aunque sean por mayoría. Pueden muchas veces ir directamente y de forma acumulativa contra la iniciativa y la libertad de los individuos. La investigación científica y teórica, y especialmente la actividad económica, siempre han necesitado, y continúa necesitando, la iniciativa individual y la libertad personal para hacer posible que las conclusiones o resultados a los que llegan las gentes, quizás contrarios a la autoridad, prevalezcan. Hay que tener mucho cuidado, como indica el prestigioso  profesor Bruno Leoni, con un sistema por el cual un puñado de personas, a las que raramente conocemos personalmente, están capacitadas para decidir lo que cada uno debe hacer, y ello dentro de unos límites muy vagamente definidos, o prácticamente sin límites. La actualidad de todas estas recomendaciones, entresacadas de las ideas del mundo económico clásico, para las diferentes regiones del mundo en general y para Europa o España en particular creo que quedan patentes.

[1] Lledó, Emilio, La memoria del logos. Estudios sobre el diálogo platónico (Madrid: Santillana-Taurus, 1996), p. 39.
[2] Vargas Llosa, Mario, El hablador (Barcelona: Seix Barral, 1994).
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